Dulce Infierno

No era la primera vez que me tomaban a la fuerza. Todo comenzó hace algunos años -más de los que quisiera admitir-, tenía catorce, mis padres no se encontraban en casa, debían salir a atender un asunto urgente, cosas de adultos, así que decidieron que ya era suficientemente grande como para quedarme sola en casa.
- Debemos salir urgentemente- dijo mi madre-, no olvides que vendrá el plomero a arreglar el tinaco.
Así sin más, mis padres partieron y me quedé sola en el sillón esperando mientras disfrutaba la tercera temporada de mi serie de televisión preferida.
Comenzaba a dormitar cuando de repente escuché golpes en la puerta:
- He venido a arreglar el tinaco- dijo una voz, una voz tan grave y fría que recorrió cada parte de mi hasta la misma médula.
Rápidamente salí de mi sosiego y corrí a abrir la puerta y en el umbral de la entrada se encontraba un hombre. Él era bastante alto, y feo, debo decir, tenía tez morena, ojos café oscuro, una horrenda cicatriz en la ceja, asumo que la adquirió en una pelea allá en los barrios bajos, lucía unos vaqueros bastante manchados de grasa oscura, y una playera gris que se veía bastante grande y sucia, brazos con mucho pelo y sin vello facial, llevaba en la mano una caja de herramientas. Me miró esperando a que lo dejara pasar así que me hice a un lado y le indiqué el camino a seguir para subir a la azotea.
Después de un rato de escuchar golpeteos de herramientas y deslices de sierra, decidí ir por un refrigerio a la cocina. Me encontraba preparando mi postre favorito -pan tostado con mermelada y crema de cacahuate- cuando sentí una mirada profunda y fija que me erizó la piel. Por el rabillo del ojo noté que ese hombre horrendo había bajado y tenía su mirada puesta en mí.
- ¿Ha terminado? - pregunté.
- Sí - contestó el hombre con esa voz rasposa.
- Su dinero se encuentra en la mesa y ya conoce la salida - contesté sin voltear, no quería que notara el terror que me infundía su presencia. Al no escuchar respuesta, y contra todos mis instintos, giré la cabeza para ver lo que hacía y antes de que pudiera decir algo el hombre ya se encontraba detrás de mí y me cubrió la boca con la mano, poniendo el su otro brazo alrededor de mi cuerpo, impidiéndome moverme. Comencé a forcejear con él, intentando por todos los medios de zafarme y correr por ayuda, sin embargo, todos mis intentos fueron en vano, el hombre me había inmovilizado, me tenía totalmente a su merced, podía oler mi miedo y eso le gustaba al parecer porque detrás de mí, a la altura de mi espalda, comencé a sentir como algo crecía y se endurecía debajo de esos sucios y malolientes pantalones.
El hombre me inclinó hacia la barra de la cocina, sin quitar su mano peluda de mi boca, y comenzó a tocarme, primero la espalda, luego mis nalgas, las apretaba como si tuviera un par de almohadas de relajación, después pasó la mano por mis pechos primero sobre la delgada camiseta, después metió la mano debajo de esta y comenzó a acariciar mis pezones de forma bastante salvaje, sentía como se iban poniendo duros poco a poco, se llevó la mano a la boca y mojó sus dedos y los puso de nuevo en mis pezones, yo trataba de gritar y patalear, llorando de repulsión pero el hombre me tenía controlada.
Empezó a frotarse contra mis nalgas, sentía su respiración agitada, su aliento con un dejo dulce de alcohol emanaba de sus gemidos, de pronto bajó mis pantaloncillos de un jalón y me toco las nalgas, sus manos callosas rasgaban mi piel y me lastimaban pero él continuaba, cada vez más excitado por la empresa que llevaba a cabo. Cuando volvió a acercarse a mi sentí su gran miembro desnudo tocando mi espalda de arriba a abajo, tomó una de mis manos y la llevó hacia el gran y turgente trozo de carne, lo cubrió con mis dedos y movió de atrás hacia adelante, gimiendo cada vez más fuerte, de pronto soltó mi mano y me volvió a inmovilizar, esta vez con uno solo de sus gigantes brazos. Continuó con su mano recorriendo mi cuerpo hasta llegar a mis nalgas y por detrás comenzó a acariciarme salvajemente hasta llegar a mi clítoris que masajeaba con severidad, de repente sentí cómo me penetraba con dos de sus enormes dedos, sentí un inmenso dolor, una descarga eléctrica que se irradió hacia cada extemidad y a pesar de que trataba de hacerle saber que me estaba haciendo daño, él continuó hasta hacerme sangrar, eso lo excitó aun más, sacó sus dedos e introdujo su miembro dentro de mí, al principio no entraba con facilidad pero él muchacho puso toda su fuerza, sentía como me iba desgarrando, un dolor que nunca había sentido antes se apoderó de mí mientras él me penetraba con todas sus fuerzas, dejé de gritar, solo estaba llorando y, a pesar de que me moría del susto, comencé a sentir pequeñas descargas de placer en todo el cuerpo, al mismo tiempo que él me poseía a su antojo. Pronto dejé de llorar y comencé a gemir al unísono. Bruscamente me soltó y me empujó hacia abajo hasta quedar de rodillas:
- Abre la boca, y si me muerdes la vas a pagar- me dijo tranquilamente, pude ver en sus ojos todo el deseo y la excitación que surgía de su interior. Así pues, puso su gran pene en mi boca y empezó a meterlo y sacarlo cada vez más rápido, escuchaba sus gritos de placer y de repente me encontré tocando y acariciando suavemente mi clítoris, hasta que él apretó los ojos y se quedó inmóvil, sentí como un líquido caliente, espeso y sin sabor recorría mi boca, mientras el hombre tenía pequeños espasmos, sacó su miembro blando, y aun grande, de mi boca, me miró y me dijo.
- Trágatelo todo, esa es tu paga.


Hice lo propio, aun llorando y en medio de mi excitación, me levanté y me escondí en un rincón, aún sangraba. Él hombre se subió los pantalones, tomó el dinero de la mesa, me lanzó un beso y se fue.

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